Seis

  Kovanen no era en absoluto un novato en el cuerpo militar. Incluso, al principio del conflicto en Eridani, había formado parte de la tripulación de uno de los acorazados de guerra de mayor tonelaje, analizando e interceptando durante varios meses las continuas sondas rastreadoras que los Colonizadores Whandar lanzaban al espacio en busca de los núcleos habitados de la Galaxia. Sin embargo, lo que vio en aquel instante, le produjo un estremecimiento como jamás había sentido durante aquellos meses en las líneas defensivas del Cerco: repentinamente, el oscuro horizonte se vio grotescamente ocupado por un torrente que parecía bullir de vida y que, si en un principio no fue sino una sombra que apagaba a su paso el liviano brillo de lejanas estrellas, enseguida se dilató, se extendió como si de un denso fluido se tratase y comenzó a ocupar por completo la bóveda estelar por encima del cosmo-puerto.
  Su rostro palideció ante aquel espectáculo, y sus manos, crispadas sobre los conmutadores del cañón, parecieron perder la sensibilidad. Enseguida advirtió un movimiento a ras de suelo. Dirigió los ojos hacia allí y descubrió la diminuta silueta de un vehículo de superficie que se acercaba hacia él a toda velocidad, acortando la distancia a través de los estrechos pasillos que quedaban bajo las largas formaciones horizontales de los cargueros posados sobre las pistas.
  Con una brusca y violenta comprensión, hizo girar el cañón, al tiempo que lo elevaba cuarenta y cinco grados por encima de la línea paralela del crucero. Consultó la carga energética e inmediatamente pulsó los interruptores que fuertemente sujetaba entre los dedos.
  Ante él, al otro lado de la acristalada atalaya superior, los cuatro largos cañones escupieron una vibrante llamarada de energía que por unos segundos cegó sus ojos, y que, al alcanzar un punto concretó de aquella palpitante nube, convirtió el cielo nocturno en una inmensa lengua de fuego que pareció crepitar cuando desintegró toneladas de aquellas gelatinosas criaturas.
  Sin soltar los percutores, uno de sus pies se movió ligeramente, y la batería cuádruple giró hacia un lado mientras su mortal haz ígneo seguía surgiendo de los cañones, lamiendo con feroz destrucción el torrente de insectos que, impasibles, se lanzaban en afiladas columnas hacia la superficie del puerto.
 



 

  El anticuado vehículo apenas lograba superar con esfuerzo los setenta kilómetros por hora, y Serguei, que había mantenido durante todo el trayecto los pequeños reactores al máximo de su capacidad, advirtió que el sistema de refrigeración, resentido por tan extremo castigo, comenzaba a escupir vaharadas de vapor como si de una bestia moribunda se tratase.
  Sin embargo, al atravesar las barreras de entrada al cosmo-puerto y distinguir finalmente la silueta del crucero, decidió no ofrecer tregua al viejo motor, manteniendo el interruptor de aceleración presionado hasta el límite.
  Y mientras maniobraba con precipitada destreza entre los estrechos corredores magnéticos, sorteando los inmensos pivotes de sujeción que se elevaban a ambos lados, los tres ocupantes distinguieron el refulgente haz de láser que con insistente continuidad brotaba desde la parte superior del casco del crucero, iluminando con extensas y amarillentas explosiones la opacidad que les rodeaba.
  -Prepárense- jadeó Serguei, mirando de soslayo hacia atrás-. Creo que nos vamos a zarandear un poco aquí dentro...
  Sólo unos segundos después de aquella ambigua advertencia, el vehículo alcanzó el final de la vía, donde el ancho carril magnético se interrumpía y dejaba paso a la oscura pista de aterrizaje. Serguei no soltó el interruptor, y con una salvaje sacudida que provocó un conato de fuego en los sistemas gravitatorios, el vehículo se desprendió del campo magnético y voló casi una decena de metros fuera del carril, impulsado por la extrema velocidad que habían alcanzado y acabando por estrellarse violentamente sobre la pista, a tan sólo quince metros de la esclusa de embarque del crucero.
  La consola de control estalló en diversos puntos, provocando en el interior del vehículo una asfixiante lluvia de ardientes pavesas. Serguei saltó rápidamente del sillón, retrocediendo hasta la parte posterior donde el sargento había conectado el sistema de apertura de la compuerta y empujaba a Silke hacia fuera.
  Una vez estuvieron los tres en el exterior, alejados escasos metros, el vehículo, envuelto ya completamente en llamas, estalló, y fugaces fragmentos metálicos volaron a su alrededor como verdaderas teas semi fundidas.
  Sin detenerse un solo instante, se lanzaron en una desorientada carrera hacia la esclusa abierta del crucero. Noaberg percibió un demoledor rugido membranoso tras ellos, y con acentuada alarma en su rostro, se volvió hacia atrás, descubriendo una descomunal columna de insectos que, desprendidos del enjambre principal, se dirigía hacia ellos en un largo reguero de negras y aterradoras formas.
  Por un instante de tiempo impreciso y vagamente consciente, tuvo ocasión de distinguir las formas que abrían la columna, las miles de quitinosas alas que sesgaban el aire con un irregular zumbido. Y por una fracción de segundo, creyó estar rodeado por aquellas criaturas, atrapado en medio de la densa y mortal cortina que fluía hacia ellos como una veloz ramificación del pavoroso enjambre que ocupaba totalmente el cielo hasta más allá de donde sus ojos podrían alcanzar a ver.
  Sin embargo, repentinamente, se vio cegado por una llamarada de calor proyectada desde el cuádruple cañón de la atalaya, que certeramente alcanzó la cabeza de la columna y la transformó en una incandescente nube de fuego, dejando en el aire un desagradable hedor a quitina calcinada que se coló en sus fosas nasales con demoledora firmeza.
  Instantáneamente fue alcanzado por la onda expansiva de la explosión, y sus piernas trastabillaron, moviéndose frenéticamente en el aire hasta que acabó proyectado contra la resplandeciente superficie de la rampa de acceso a la nave. Allí, completamente aturdido, sintió cómo un par de manos le asían por las axilas, arrastrándole hacia el interior mientras la compuerta descendía sobre él; y sólo un último y violento esfuerzo de aquellas manos, le empujó con la fuerza necesaria para que no acabase aplastado bajo el peso de la gruesa plancha metálica.
  Cuando movió los ojos, incorporándose con extenuada torpeza, descubrió a Serguei junto a él, con el rostro enrojecido por el sobreesfuerzo y unas enormes gotas de sudor perlandole la frente.
  -Gracias...- fue lo único que logró jadear, desprendiéndose de los harapos en los que se había convertido su guerrera bajo el calor de la llamarada de la onda expansiva
  El copiloto movió la cabeza y suspiró largamente.
  Silke, derrumbada en el suelo, con la espalda apoyada sobre la pared, le miró y sonrió ampliamente con una reconfortante expresión de alivio.
  Kovanen apareció en el corredor. Sus ojos se movieron apretadamente a lo largo de la cabina de embarque, escrutando uno por uno a los tres recién llegados.
  -¿Están todos bien?- inquirió con preocupación, e inmediatamente añadió, con un cierto tono de protesta-: ¿Qué es todo eso de ahí fuera?
  Silke se puso en pie, y avanzando hacia el corredor, dijo:
  -En cuanto estemos lejos de aquí, señor Kovanen..., muy lejos.
 



 

  Las cuatro turbinas inferiores escupieron un cegador chorro de energía, elevando horizontalmente el afilado fuselaje del crucero casi un centenar de metros por encima del cosmo-puerto. Inmediatamente después el reactor de popa se puso en funcionamiento, eyectando un tercio de potencia plasmática y lanzando la nave hacia el lejano horizonte en una trayectoria ascendente que, tras impregnar la oscuridad con una débil estela, hizo desaparecer el navío entre los rojizos nubarrones de la bóveda estelar de Trireida.
  Por debajo de aquella fugaz imagen, las negras masas de insectos seguían sobrevolando inquietamente la zona portuaria. Posándose algunos de los enjambres sobre los oxidados cascos de los cargueros o de las altas lanzaderas, cubriéndolos casi completamente. Otros, los menos, comenzaron a desaparecer más allá de las arenosas altiplanicies, en dirección a los yacimientos de las montañas.
 
 

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